Tal vez será su voz. Javiera Gutiérrez*

La Academia le otorga el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan en el momento en el que acaba de sacar dos discos de covers con canciones que formaron parte del repertorio de Frank Sinatra, es decir, el momento en el que no ejerce de poeta-letrista. No es cuestión de acusar a la Academia de falta de timing: todo lo contrario, hace tiempo que Dylan se perfila como la figura artística global más relevante de los últimos cincuenta años. Tal vez por eso la gran mayoría de los medios culturales se limitaron a calificar esas grabaciones con lluvias de estrellas, pero los comentarios de los oyentes muchas veces destilan sarcasmo sobre su descaro al arremeter con lo que consideran su no-voz contra los temas que popularizara Sinatra, “la voz”. Y más ahora, que sus cuerdas vocales nunca pródigas son septuagenarias.

Sin embargo, la voz es elemento central en la lírica de Dylan, al punto de que hay quienes solo aceptan que él cante sus propios temas y ninguna otra versión los satisface. “Como miel y pegamento”, la definió David Bowie y de “efecto dramático y electrizante”, dijo Joyce Carlos Oates sobre la primera vez que lo escuchó recién iniciados los años sesenta. Pocos pensaron que eso era cantar: era más bien un decir. Que muy pronto se volvió un predicar, casi un aullar, con métrica bíblica, los infiernos y las desventuras de su época. La prensa se preguntó: “¿Poeta o profeta?”. No llegaba a  los veinticuatro años cuando, a fuerza de lecturas y horas de escritura en estado de  febrícula anfetamínica, había descubierto cómo manejar, o cómo dejarse llevar, por  la  voz que habla en sus versos. Y había llegado hasta ahí, con el misterio del genio, por dos caminos: la poesía (con especial inclinación por los “malditos”) y el folklore, incluido en este su último avatar, el rock.

https://www.youtube.com/watch?v=KbQlPyLfhJ0

Pero antes de ser absorber como una esponja y apropiarse de todo el folk norteamericano con el que se pudiera cruzar en discos y versiones de sus amigos neoyorquinos, el adolescente estudiante de la secundaria de Hibbing, Minnesota, escuchó rock & roll, country y rhythm & blues en las radios de la tienda de electrodomésticos de los padres. Así se encontró con la voz del rock, Elvis. “Cuando oí a Elvis por primera vez, supe que no iba a trabajar para nadie, que nadie iba a ser mi jefe. Fue como salir de la cárcel”, dijo en un reportaje. Revelación y revolución en un solo parlante. Elvis grabó un único tema de Dylan, “Tomorrow is a Long Time” y no hay registros fiables de que se hayan encontrado, pero entre esos jóvenes separados por una década se puede trazar el mapa completo de la canción norteamericana: el sureño white trash y el norteño middle class; el algodonal y la mina de hierro; el pentecostal y el judío; el intérprete y el compositor; el ágrafo y el intelectual; el pionero y el autoconsciente; el cuerpo y el discurso; la voz aterciopelada, aspiracional, y el graznido admonitorio, insolente.

Desde entonces, la voz de Dylan canta en indivisibilidad manifiesta con lo cantado, toma las inflexiones y los vaivenes de las odiseas emocionales humanas inscriptas en versos que muchas veces cambia in situ, es objeto de estudio y de mofa, es naturalmente aceptada y hasta venerada por sus seguidores; tiene vida propia. Por la voz, por la entonación, el fraseo y la respiración es su que “música verbal” (como dice Borges de Shakespeare) también cala en el público no angloparlante: muchos entendimos el ruego implícito en “Mr. Tambourine” años antes de poder descifrar “dejame olvidarme de hoy hasta que sea mañana”.

Al decir “tradición” y “canción” en el breve texto de anuncio, al premiar a un escritor de canciones, el jurado sueco reivindica el valor de la voz como instrumento literario -aunque lo haga a través del más literato de los cantautores, del “menos” cantante de los cantantes- y de la canción, en especial la canción norteamericana, como generadora de cierta concepción del mundo en el siglo XX. Y además, ¿quién podría negar que es una voz poética, un “yo lírico” contundente como pocos? Nada de esto se contradice a que también le hayan otorgado el Nobel porque es un votante demócrata, amigo personal de los Clinton, y porque colgarle la medalla a Dylan tal vez sea la mejor operación de prensa que pudo ocurrírsele a la Academia, relacionándose con el más sagaz de los artistas en su manejo de los medios. Mientras tanto, Dylan sigue de gira permanente, no como un rockstar (que es) sino como un bluesman, como un preacher, como un trabajador.

* Javiera Gutiérrez. Periodista, editora y fan.

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