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¡La victoria de las ocupaciones estudiantiles en Brasil! por Marcelo Kunrath Silva*

Desde 2015 Brasil está inmerso en diversos procesos de ocupaciones protagonizados por estudiantes de diferentes niveles de enseñanza. Al ocupar escuelas, universidades públicas y privadas, institutos nacionales de educación, millones de estudiantes brasileños se involucraron en las tomas, asumiendo un protagonismo político sin comparación en las últimas décadas. Estas ocupaciones estudiantiles, inspiradas en procesos similares que ocurrieron en Chile y Argentina, constituyen una de las grandes novedades del turbulento escenario político actual y representan una innovación significativa en los repertorios de protesta de las juventudes brasileñas.

 

Ante el avance del conservadurismo en el país -la victoria de los partidos políticos de derecha en las elecciones municipales de 2016, el ataque a las políticas sociales, la proliferación de casos de corrupción en los órganos ejecutivos y legislativos a nivel nacional, la selectividad explícita del poder judicial, el aumento de la represión policial a los movimientos contestatarios, el silenciamiento de las voces críticas por parte de una prensa tendenciosa y desinformada- se podría concluir apresuradamente que, a pesar de la movilización masiva, las ocupaciones estudiantiles han sido ineficaces y, por lo tanto, inútiles. El objetivo de este breve texto es rechazar esta premisa y argumentar que, por el contrario, el proceso de ocupación de los estudiantes brasileños debe ser interpretado como una gran victoria, independientemente de los resultados que se obtengan con el fin de detener los proyectos de ley o las políticas públicas contra las cuales se movilizan.

Una de las estrategias centrales de las fuerzas conservadoras a lo largo de la historia ha sido la desacreditación permanente de la acción política. Como mostró Albert Hirschman en su estudio sobre la “retórica de la intransigencia”, el discurso conservador tradicionalmente movilizó, junto con los argumentos de la perversidad y amenaza, el argumento de la futilidad: no tiene ningún sentido movilizarse porque en el resultado final no hará ninguna diferencia. La famosa tesis del “fin de la historia”, que marcó el discurso neoliberal en la década de 1990, simplemente actualizó el argumento tradicional de la futilidad, buscando desmovilizar las fuerzas sociales y políticas que en aquel momento resistían y desafiaban al neoliberalismo.

La campaña mediática masiva de demonización de la política (institucional y extra institucional) en países como Brasil con la asociación directa entre política y corrupción, crimen y violencia, es una de las principales tácticas en que se expresa el argumento de la futilidad en la contemporaneidad. Datos de Manchetômetro (http://www.manchetometro.com.br), plataforma de seguimiento sistemático de los principales medios de comunicación brasileños, muestran el fuerte predominio de un encuadre negativo de la prensa brasileña sobre los partidos políticos e instituciones. Al mismo tiempo, los movimientos sociales son acusados con frecuencia de violencia y/o corrupción en una campaña sistemática de deslegitimación de la acción colectiva de oposición. Dicha campaña está claramente ejemplificada en el informe de la Agencia Carta Maior (https://goo.gl/Di6TKP) en el tratamiento del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST) en la revista Veja (una de las principales del país) a lo largo de más de treinta años. De este modo, se observa un esfuerzo diario para descalificar a todas las formas de organización y acción política, ya sea a través de los partidos o por medio de los movimientos sociales, mostrándolas como condenadas a reproducir los “males” que se busca combatir. El resultado es la producción de desconfianza y escepticismo generalizado, fundamental para mantener el status quo. En base a los datos de Latin American Public Opinion Project (http://www.vanderbilt.edu/lapop/about.php), de la Universidad de Vanderbilt, en abril de 2016 Brasil ocupaba la penúltima posición en el ranking de respeto por las instituciones políticas de 26 países de América Latina.

En contraste con esta desconfianza y escepticismo generalizados, se produce el resultado más positivo y políticamente impactante de las ocupaciones estudiantiles en Brasil. Frente a una sociedad profundamente crítica, pero desconfiada y escéptica, los estudiantes están viviendo y enseñando con el ejemplo concreto la importancia de la acción política. En diferentes actividades y visitas a escuelas primarias y secundarias, institutos de educación y universidades nacionales se observó un conjunto de experiencias que están transformando profundamente a una gran parte de los jóvenes brasileños: el descubrimiento de lo colectivo; la valorización de la lucha por ideales más grandes; el deseo de ser protagonista de la historia; el rechazo al autoritarismo y la pasividad. Esta transformación es sintetizada en el discurso de un estudiante involucrado en una de las ocupaciones en curso en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul: “¡Hoy soy una persona completamente diferente de la que era hace un mes!”

Estos jóvenes son la expresión de un Brasil que cambió profundamente en las últimas décadas, aunque sigue siendo uno de los países más desiguales y violentos del mundo. Como señaló Eliane Brum en un artículo sobre el juicio político [a Dilma Rousseff] (http://brasil.elpais.com/brasil/2016/05/16/opinion/1463408268_288480.html): “Temer y las fuerzas que protagonizaron ese momento pueden hasta creer que es posible volver al pasado que representan, pero están equivocados. No hay posibilidad de volver al Brasil pre cuotas raciales, al Brasil antes de  #meuprimeiroassédio (mi primer acoso), al Brasil antes del programa Bolsa Familia y al protagonismo de las mujeres jefas de hogar, al Brasil en el que los más pobres no accedían a la universidad, al Brasil en que los estudiantes de las escuelas públicas aceptaban callados la violación de sus derechos más básicos.”

Como destacó Alberto Melucci en un artículo con el sugestivo título “¿Una meta para los movimientos sociales?”, los movimientos sociales desafían los códigos culturales dominantes, produciendo identidades y subjetividades que confrontan formas de dominación que cada vez más transforman internamente a los propios individuos. Para enfrentar con éxito las fuerzas sociales y políticas que buscan producir desconfianza y escepticismo general, el proceso de ocupación de los estudiantes brasileños puede ser considerado una gran victoria. A la vez es cierto que esto no garantiza el éxito en relación a la conquista de sus demandas específicas en este momento. Pero la aparición de una nueva generación de activistas que continuará con la lucha por construir una sociedad más justa y democrática que observamos hoy en Brasil, no es algo que puede o debe ser minimizado.

*Marcelo Kunrath Silva es profesor investigador de sociología en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS)

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