Debates

sin-titulo
| | Sin comentarios

La montaña Dylan. Gonzalo Aguilar*

El premio Nobel a Coetzee no fue un premio a todos los novelistas. El que le otorgaron a Alice Munro no era para todas las mujeres ni el de Vargas Llosa para todos los latinoamericanos. Tampoco el premio a Bob Dylan es un premio a la música popular, masiva, de rock o como se llame. Es el reconocimiento a un artista singular que desde principios de los años sesenta viene abriendo caminos y que creó una obra monumental. Considerar que este premio no es tanto a Dylan sino a la cultura masiva es una típica concepción de elite: en la cultura alta se valora individuos y en la cultura popular o masiva, manifestaciones, ejemplos o representantes. Si te gusta Gilda, te gusta la cultura popular. Si no te gusta, algo te pasa con la cultura popular. Si no te agrada Borges, en cambio, nadie diría que tenés un problema con la cultura alta o letrada (aunque sí ha sucedido que por criticar a la cultura dominante se objetó a Borges yendo de lo general a lo particular). Es más, muchas de las notas que se escribieron sobre Dylan en la Argentina fueron proyecciones de la división tajante e improductiva que se hace entre cultura de elite y cultura popular en nuestro país, algo que se puede comprobar (como si hiciera falta) en la película El ciudadano ilustre. Los unos no pueden comprender a los otros y ambas culturas se anulan mutuamente. Aunque esas particiones son discutibles y propias de lo que Bruno Latour llamó “purificación moderna”, tienen efectos poderosos en nuestra cultura: el talento de Gilda nunca fue valorado y compartido por un productor musical de primer nivel y Borges se negó durante mucho tiempo a ver en las masas pasiones nobles. Uno de los ejemplos más fuertes es el de Alberto Olmedo: nunca se le acercó un buen productor, guionista o director para hacer una película por lo menos digna (él tampoco parece haberse inquietado por buscarlo). No es lo que sucede en Estados Unidos: Michael Jackson hizo sus mejores discos con Quincy Jones, Andy Warhol apadrinó a la Velvet Underground, Bob Dylan compartió aventuras con Allen Ginsberg y sobre él se escribieron decenas de tesis universitarias. Obviamente hay contraejemplos nativos, pero en líneas generales el funcionamiento cultural local padece estas divisiones y actúa de acuerdo a ellas. Clasificamos todo el tiempo y somos víctimas de estas clasificaciones.

Dylan cambió de una vez y para siempre uno de los artefactos culturales más importantes del siglo XX y de nuestra vida cotidiana: la canción. Esas piezas de tres o cuatro minutos que suelen estar ancladas en nuestra memoria y que asociamos a los momentos más importantes de nuestras vida. La canción, en todas partes del mundo, no sería la misma si no fuera por Bob Dylan. No elevó la canción popular porque nunca dejó de escribir piezas sencillas y conmovedoras como “I’ll be your baby tonight” (“Close your eyes, close the door, / Cierra tus ojos, cierra la puerta // You don’t have to worry any more, / No tenés que preocuparte más // I’ll be your baby tonight / Seré tu chico esta noche”) sino que la entreveró con diferentes tradiciones (desde Woody Gurthie a Rimbaud, de Ginsberg a Dylan Thomas y al surrealismo) y abrió las puertas de una experimentación que continúa hasta el día de hoy. No pensar en la partición cultural sino en la red que se forma, en la cinta de Moebius y en sus vasos comunicantes. Escribió letras intensas y, además, las puso en canción con esa voz única que David Bowie definió como “sand and glue” (“arena y pegamento”). No se pueden separar esos elementos como quieren hacer los guardianes de la poesía o de la literatura.

Desde Marcel Duchamp, el arte se valora no sólo por la forma sino por las energías que puede desencadenar. Si lo consideramos desde este punto de vista, Bob Dylan es uno de los artistas que más energía ha producido en el siglo XX: tomó el artefacto artístico por excelencia de la vida social y cotidiana que es la canción y lo transformó totalmente, llegó a millones de personas con canciones sofisticadas y algunas de una densidad política sorprendente y plural (pienso en “A hard rain’s a-gonna fall” sobre la crisis de los misiles en Cuba o “Jokerman” que escribió contra Reagan y cantó Caetano Veloso). En sus primeros discos, hizo pequeñas joyas de protesta dentro de la folk music. En 1965, realizó una de las transformaciones más vertiginosas y audaces cuando se construyó a sí mismo como rock star (entendiendo perfectamente los novedosos funcionamientos de la cultura masiva) y tomó la guitarra eléctrica pese a que sus viejos camaradas y escuchas le gritaron Judas. La libertad en la composición de su letras no tuvo límites y de ahí aprendieron todos los músicos de rock, desde John Lennon a Nick Cave pasando por David Bowie que le dedicó una hermosa canción.

Leonard Cohen dijo que el Nobel a Dylan era como poner una medalla en el Everest. ¿Qué quiso decir? Supongo que algo así como “muchachos del Nobel, no hace falta que se tomen el trabajo de premiarlo, nosotros ya lo sabíamos y hace años que estamos escalando la montaña Dylan”.

* Gonzalo Aguilar es Investigador del CONICET y Director de la Maestría en Literaturas de América Latina.

Deja un comentario

  • (will not be published)

XHTML: Puedes usar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>