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Casi mil palabras sobre la ciencia y la técnica en la Argentina. Mario Pecheny*

El año 2016 fue un año extraño para quienes hacemos ciencia y técnica en la Argentina. Comenzó con la novedad de que el Ministro Lino Barañao, quien estuviera a cargo del nuevo ministerio durante los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, y que había participado de la campaña de Daniel Scioli en la calle junto con otros miembros de la comunidad científica apoyando al candidato del Frente para la Victoria, continuaba en su cargo bajo el gobierno de Mauricio Macri.

Extraño, pero entendible si se considera que ambos candidatos presidenciales decían apoyar el desarrollo científico-tecnológico, decían evaluar bastante positivamente este aspecto del gobierno saliente, y decían que iban a aumentar el presupuesto para ciencia y técnica, Scioli al 1 por ciento y Macri al 1,5 por ciento.

Ahora bien, tampoco es que hay un paraíso perdido. No hubo todavía en el país una política de Estado (o dicho menos pomposamente, una política a mediano-largo plazo, que se sostenga a través de los sucesivos cambios de elencos gubernamentales, que tenga presupuesto suficiente, que diagnostique el proceso histórico y situación presente como para darse metas e hitos verificables de progresión hacia el futuro) en materia de ciencia y técnica. Tampoco en el gobierno anterior. Pero sí comenzó a darse en la Argentina, y en ese sentido hay que reconocerlo, algo excepcional: se fueron dando reglas de juego que, aun con sus arbitrariedades (¿por qué tal revista “vale más” que tal otra?) e injusticias (¿por qué es menos difícil entrar al CONICET si sos joven que si sos más grande?), pautaban las prácticas y las expectativas: realización periódica de concursos, criterios de evaluación, institucionalización de ámbitos y flujos para una carrera de investigación y para proyectos colectivos de investigación, transparencia, capacidad de previsión a futuro. Todos esos rasgos no son tan habituales en los ámbitos públicos, ni tampoco en los ámbitos privados, en la Argentina.

¿Por qué me parece que no puede hablarse, no todavía, de una política de Estado? Dos elementos doy, solamente, a modo de muestra.  El primero, los montos de los salarios y de los subsidios: los salarios son bajos, aun para el contexto latino-americano, muy bajos; y los montos de los subsidios de investigación son a veces simbólicos, constituyen más bien un incentivo que un verdadero financiamiento. El segundo, la falta de política articulada con las universidades nacionales, que son un mundo aparte, con sus propias (i)lógicas institucionales. Y hay muchos más peros para señalar.

No obstante ello, el CONICET se había venido transformando en una institución de referencia: orientaba la práctica de investigadoras/es en formación y de quienes se denominan “formados”, sus criterios comenzaban a ser discutidos en los diversos ámbitos (ejemplo: cómo evaluar el desempeño, qué criterios de cientificidad o validación deberían prevalecer, qué significa formar recursos humanos, cómo vincular investigación básica con aporte a la política pública, cómo estructurar la carrera, cómo evitar las burocratizaciones arbitrarias como por ejemplo la cuestión de las franjas de edad, etc.).

2016 rompió con esta dinámica.

Entre todos los daños que trae la reducción drástica del presupuesto y del número de becas e ingresos en ciencia y técnica y en el CONICET en particular, creo que uno de los peores es esta ruptura con la previsibilidad. Previsibilidad tan cara al neoliberalismo en su discurso de venta, no así en su práctica. Hoy hay ruptura de previsibilidad e impacto en la construcción de una comunidad científica. El impacto es paradójico: los ataques directos desde el Ministro Barañao y del Presidente del CONICET (a diciembre de 2016) a sus propios pares del Directorio (organismo de gobierno del CONICET, con representantes de las grandes áreas de investigación e instituciones científico-tecnológicas), ataques a quienes investigan en el seno de la institución, y a quienes se están formando en investigación, a la vez rompió la comunidad que se estaba creando – al separarse quienes en principio deberían liderar esa comunidad, como el Ministro y el Presidente del CONICET–  y la consolidó, borgeanamente, ante el espanto, en todas y todos los demás.

Esta semana y esta época del año no son propicias para nada muy sesudo, aunque sí lo sean para los balances y los horóscopos – o la mirada prospectiva, mejor dicho, ya que éste es un texto sobre ciencia y técnica.

Mi balance es que de la crisis producida por la reducción brutal del número de ingresantes al CONICET (de público conocimiento, la que dio lugar a las acciones de protesta de científicas y científicos por todo el país) salió un resultado positivo: se logró una unidad de acción entre miembros de todas las generaciones, simpatías político-partidarias, disciplinas, instituciones y (aun con tensiones que resta resolver) regiones del país, en defensa del presupuesto para la ciencia y la técnica, de las instituciones, de las reglas de juego, y de los seres humanos que formamos parte de ellas. En medio de un entorno hostil, y crecientemente hostil. Hostil por proyecto político de desguace de lo público y hostil también por inoperancia.

A futuro, ahora que terminó el Año del Mono (yo soy mono)**, importa avanzar no sólo en la lucha por el tema ingresos (puesta “en pausa” hasta el año que viene) sino también en resistir para preservar aquello que tanto ha costado ir instalando (reglas, previsibilidad, autonomía) y para avanzar desde la propia comunidad en discutir políticamente cómo organizar y sostener el sector público científico-tecnológico, y que el Estado se haga cargo como corresponde.

Siguiendo con la onda simiesca: de no contar con una política científico-tecnológica sostenida (en doble sentido: con continuidad y con sostén económico), avanzaremos firmemente hacia nuestro destino de país bananero.

 

* Mario Pecheny – Profesor Titular Regular de la Universidad de Buenos Aires – Investigador Principal del CONICET en el Instituto Germani.

** Nota: estamos todos un poco sensibles por las estigmatizaciones, por eso aclaro: por favor entiéndase la ironía, no me gustaría reforzar la descalificación de las ciencias sociales.

Imagen: Santiago Galar, en la toma del MinCyT.

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