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Batalla de caranchos. Por Pablo Semán*

Deberíamos tatuarnos con alambre de púa y en los brazos un agregado a la constitución nacional: “no te reirás de los sufrimientos de tus compatriotas y conciudadanos, no los culparas de sus desgracias tanto como exiges que no lo hagan contigo”. Twitter, tan lúcido como siniestro, ha sido en estas horas una verdadera cloaca: “los inocentes son los culpables” se despachan unos tipos que tratan a las víctimas y potenciales víctimas de analfabetos, ignorantes, prisioneros de una pulsión de muerte que ellos habrían sabido expiar (los giles son así, se creen inmortales). Pero tampoco es problema de esa red social exclusivamente. Los pronunciamientos envenenenados abundaron en la prensa on line por ejemplo cuando el número de muertos “informado” dependía no de los hechos sino de voluntades de condena o exoneración, sin reparar que es esta misma voluntad de juicio es la que está mal encaminada cuando quiere depositar la responsabilidad de los sucesos en el gusto de la gente, en sus supuestas relaciones con unas clases sociales y una voluntad política.

No lo decimos ahora que el que perversamente está en causa es “el kirchnerismo”. Hace menos de un año, cuando sucedió lo de Costa Salguero, junto con Guadalupe Gallo, tuvimos la oportunidad de expresarnos frente a lo mismo que ahora, pero cuando venía del lado contrario. En aquel momento era toda una tentación transformar los hechos de la Time Warp en una condensación de los males del macrismo. Para sostener esa hipótesis los hoy expuestos a crítica sostuvieron explicaciones metafísicas: la “cultura electrónica”, el “individualismo”, drogas que a diferencia de otras supuestamente nac & pop eran chetas e imperiales y esas si llevan a la muerte. Hoy, con los hechos todavía no esclarecidos del recital del Indio Solari en Olavarría la canción es la misma, pero en otras bocas y suena así: “los analfabetos”, “los peronistas”, “el vino”, “la coca con el fernet”, la “cultura del aguante” ocupan el lugar de los demonios. En los dos casos obscenidad del carancheo “informativo”/faccioso.

Una vez que se investigue se llegará a una conclusión obvia. Seguramente hay responsabilidades de la organización: no creo que sea poco importante el hecho de que el Indio Solari viene apostando en silencio a una peligrosísima “convocatoria más grande del mundo” (percepción que no es solo mía sino también de algunos de los que estuvieron ayer y hoy volvieron con el alma oscurecida por esa irresponsabilidad y que hace que al autor le empiecen a caber todas las letras de sus canciones). La inversión permanente en seguridad es clave en la industria de la música y las responsabilidades asociadas a ese esfuerzo no se cancelan previamente con frasecitas de inspiración deleuziana destinadas a sobar el lomo de la banda de lobos autogestivos: irónicamente Francisco y su cuestionamiento a la descartabilidad de los humanos cumple aquí una función crítica que el anarquismo del siglo XXI parece incapaz de desplegar en este caso.  Pero la organización no es ni lo único ni lo más importante: en un país en que hemos perdido la noción de bienes públicos que son al mismo tiempo disposiciones y materia, pero también normatividades y valores, y en un país en el que hemos perdido de vista la necesidad de que estos sean elaborados por acciones y actores específicos e idóneos, es necesario valorar y subrayar la omisión de las responsabilidades estatales que son amplias y decisivas para anular riesgos y cancelar el evento si era necesario.

Hay algo menos obvio que hay que empezar a tener en cuenta para el futuro: nuestros eventos masivos, políticos, sociales o musicales están totalmente fuera de escala para el tamaño de nuestras ciudades y para las expectativas de todo tipo de organizadores. Por razones que son demográficas, económicas y tecnológicas y signan nuestra época son momentos de desborde en los que la posibilidad de que la muerte suceda están ampliamente presentes. Hay un límite y este caso es paradigmático del grado en el que se juegan estas cosas que exigen de los poderes públicos diagnósticos y actuaciones muchísimo más ágiles y profundas. Puede que se asuma que provisión de energía eléctrica, por ejemplo, fallará ante los picos de uso, que el sistema entrará en corte si hay más de 38 grados y si están en la CABA mas del 60 % de sus habitantes. Pero no se puede trabajar con umbrales y probabilidades en el caso de los eventos musicales masivos. O puede que no se esté asumiendo que bajo determinadas condiciones estos eventos no deben realizarse (justamente la necesidad/naturalidad de “la convocatoria más grande del mundo” puede ser desmontada por el estado como el estado también podría haber regulado con éxito Time Warp o Cromañon).

Lo que se dice sobre, a favor o contra el artista/empresario (términos que para mí no necesariamente están reñidos ni representan traición) y su público, como mucho de lo que se dijo sobre Time Warp, no aclara tanto lo que sucedió ni sus causas más importantes, pero revela mucho sobre el malditismo de masas (una práctica que crece más que el crossfit). Me explayaré y perdonen el rodeo que sigue: son dos párrafos de ensayo sociológico condensado, si se hace pesado pasen al párrafo final que igual se entiende mi argumento.

No es necesaria ninguna cháchara sociológica, aunque se la invoque, para constatar una correlación entre grupos sociales y gustos musicales. Ese dato lo vemos y lo usamos todos, profesionales y públicos, de la peor manera posible. Es que el uso dominante de esa “verdad” es abandonarse a esa evidencia inmediata, que debe problematizarse, para que a través de nuestra observación sociológica hable, sin filtro, la parte de la sociedad con que nos identificamos o nos hace hablar. Así, llenos de elucubraciones sofisticadas, pero enraizados en el sentido común de su burbuja, están los que si los muertos son en Time Warp afirman que es culpa de Larreta, de los chetos y del neoliberalismo. Y con las mismas armas están los que si los muertos son de un recital del Indio Solari, encadenan culpas que van del artista a la letra de Jijiji y, obviamente, a la “cultura del aguante”, Cristina Fernández de Kirchner (y Perón). En uno y otro caso subsisten unas presunciones que habría que desactivar: 1) que la cultura popular y masiva por un lado (¿el Indio Solari?) y la cultura de élite por otro (la ¿“cultura electrónica”? , ¿la crítica social?) pueden distinguirse nítidamente y oponerse cómo un Boca-River del poder social (Gonzalo Aguilar crítica esto muy bien acá) 2) que es posible enunciar y defender un gusto musical (el propio) como un proxy de una ideología política qué para cada enunciador, por supuesto, está alineada con una visión objetiva e indiscutible de la verdad, la belleza y la justicia .

Diré algo breve que atañe a lo primero y lo segundo. Ciertas ideas que critican lo masivo en función de no se sabe qué refinamiento del crítico se movilizan menos para un propósito critico (la reducción de lo social a naturaleza y fatalidad) que para que unos tipos que ignoran de donde salen esas ideas pretendan construirse como “aristocracia de las emociones” (lo que hacen en realidad es tratar de darle un aire de naturaleza personal a sus altas probabilidades sociales de ser trendies). El espíritu supuestamente inspirado en la filosofía de Adorno en que se basan estas suposiciones es el mismo un producto de la mentalidad adocenada que ese autor describe y se señala en quienes se acusa (hoy, en Time Warp hace casi un año y en Cromañon hace más de diez). La opinión proferida en piloto automático, para el lado que tire el gusto del analista de turno, es menos un testimonio de la productividad analítica de la escuela de Frankfurt que la consumación involuntaria de una de sus predicciones apocalípticas: el mundo de la interpretación es un infierno de adornianos jazzeros en el que miles de sujetos, incluidos los cientistas sociales adocenados por los dispositivos que los forman están anulados como tales, entregados a una palabra genérica, a la que abandonan la posibilidad del “análisis concreto de la realidad concreta” (vuelvo a evocarte, Vladimir Illich Ulianov, Lenin). La reivindicación de un gusto personalísimo y libre que no lo es utiliza esas categorías sociológicas porque después de todo Adorno y Horkheimer se venden/circulan predigeridos tanto como la Coca Cola, la música electrónica y la música del Indio Solari.

En función de esa argumentación he leído y escuchado afirmar que el gusto por ciertas alternativas musicales te pone a salvo de una situación como la de Olavarría. He leído y escuchado sostener un argumento similar cuando señala que una cosa era cuando el Indio y los Redondos tocaban en el Bambalinas para pocas personas y otra cuando se masificó. Ayer a la noche una chica de 19 años que volvió sana y salva del show me decía que el problema es que el público cambió y había mucha merca mala. Esta mañana oigo decir que había mucho alcohol -como si no lo hubiera habido siempre. Detractores y protectores ensayan el argumento de los vendedores de antigüedades que pretenden convencernos de lo valioso de su oferta que (algo ya no se fabrica más y que antes era mejor) en una postura decadentista que es un mito, una forma indirecta de justificar/prescribir la propia y supuesta perfección estética, moral y política. Lamentablemente sucede lo que la mayoría no quiere leer ni escuchar: ES MAS COMPLEJO. La relación entre gustos, clases y política en el análisis sociológico es muchísimo más compleja que la que presuponen las intervenciones públicas que se contentan en encontrar un monstruo socio/musical aquí o acullá aun cuando invoquen un saber sociológico y aun cuando la sociología abandonada a la tentación profética simplifique. La insistencia en las razones culturales o en la ideología de la música y el público, que tiene intención política de acusar ahora al kirchnerismo y antes al macrismo, elude sistemáticamente las responsabilidades inmediatamente políticas y estatales. Parece ser que en los diagnósticos y sentencias sobre estos hechos se halla más la intención de ofender a un colectivo que la de proteger las vidas de los conciudadanos. Así lo que queda claro y debe apuntarse en esa ocasión es un fenómeno horroroso que no debería dejar de llamar la atención: la cantidad de gente que a cielo abierto es capaz de encontrar cualquier argumento, incluso las ciencias sociales, para festejar política y humanamente la desgracia de aquellos a los que antes se ha logrado en constituir en ajenos. No sé qué de lo demoníaco, que es un accidente y no una necesidad de la inteligencia, parece seducir a punto tal que importa más que capacidad de intelección misma, para ser la máscara que lubrica en sociedad una crueldad insoportable (tan grande como la responsabilidad del estado y la megalomanía del Indio Solari).

Ultima nota: uno de los héroes de la jornada es el periodista Facundo Pedrini. Desde su cuenta en twitter se abstuvo de todo lo que aquí denostamos y se la pasó el día entero ayudando con información a resolver problemas de la gente.

 

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